A la Fragata Sarmiento

Anduvo y anduvo por los cinco océanos,
airosa y errante visión;
besaron los vientos de los siete mares
su blanco y azul pabellón.

Los puertos de todas las grandes riberas
la vieron llegar y partir,
y oyeron en su alto y esbelto aparejo
los cantos que no han de morir.

Las constelaciones de todos los cielos
le dieron su gran claridad,
¡y era más hermosa sobre los oleajes
rugientes de la tempestad!

Cantaba en su entraña gloriosa y fecunda
amor de cien hijos del mar,
¡oh blanco navío que todos amaban
y no ha de volver a zarpar!

Cuando una mañana recojan las velas,
y el ancla por última vez
muerda las arenas, y la última brisa
suspire en el viejo bauprés.

Más de un marinero, más de un almirante,
dirán con temblor en la voz:
“Navegando en ella yo me hice marino…
¡oh madre, recibe mi adiós!”