Carteándome con Ulises - Osvaldo Lodovico

--Debo ser claro y quisiera expresarlo llanamente. Aquel encuentro con el aviso de Ulises fue puramente casual. Yo solo iba, como suele decirse, navegando por internet, hasta que di de bruces con el enigmático mensaje. Me sorprendió comprobar que nadie hubiese comentado nada al respecto ni se haya hecho la más mínima alusión a tan extraño pedido; ya sea por creerlo equívoco, chistoso o absurdamente extemporáneo. Será una obviedad decirlo, pero por mi parte yo no pensé nada de eso, simplemente lo creí y obré en consecuencia, es decir lo contesté. Sí bien, me llevó bastante trabajo descifrarlo; finalmente del griego antiguo en el que estaba redactado podía comprender que decía más o menos así: “Se requieren marineros, timoneles y pilotos de altura para conformar nuevas dotaciones. Enviar curriculum-vitae al e-mail: odysseus ítaca @ marin gry. En caso de ser satisfactorio, el interesado será recogido en su destino. Dejar señas”.

--Si bien mi vida continuó aparentemente normal, en lo íntimo aquel mensaje trastocó mi existencia. Removió sueños adormecidos que me acompañaban desde la adolescencia, tiempo en el cual había comenzado a leer sus desventuras y sus prodigios. Desde aquel entonces, Ulises se había convertido en mi guía. Era el dechado del aventurero que ambicionaba ser. Lo admiraba, lo comprendía, lo imitaba. Evocaba pasajes de su vida y hablaba con él a solas como ahora vuelvo a hacerlo, o en este caso a escribirle.

--”Juicioso Ulises, evoco tu vida después de tanto guerrear en la remota Troya. Cuando comenzaron a apagarse las hogueras, tras años de feroces batallas, solo pensaste en regresar en tus cóncaves naves al lar nativo. Soltaste amarras, filaste cabos; henchidas se izaron las velas impulsando los curvos maderos y el esbelto tajamar, filoso como un cuchillo, hendió las aguas del profundo piélago. Desde aquel entonces, con mi amor aún no nacido ya hubiese deseado navegar contigo, ¡amado Ulises! Así comenzó para ti y de alguna forma para mí también, una retahíla de contingencias y extraordinarios sucesos entre singladuras de bonanzas y de borrascas. De entre aquellas noches tormentosas habré de rescatar aquel mínimo gesto en el que se alzaba tu rostro para indagar la Estrella Polar, avizorando el acertado rumbo a tu destino. También rememoro ese otro día cuando, con viento de través, navegábamos tan escorados que debíamos hacer batanga con los remos para evitar el inminente naufragio... Y cuando orzamos el Boreal y los recios Monzones en penosas bordeadas llenas de zozobra.

--Fueron ciento de lunas tu peregrinaje; incluyendo aquellas en las que Calipso te retuvo en su tálamo nupcial prometiéndote la inmortalidad a cambio de tu fidelidad. Promesa que al fin no se concretó debido a tu perfidia. Pues tu proverbial prudencia también tenía ribetes temerarios, e improvisando una armadía te valiste de ella y huiste raudo por sobre las olas confiado en tu pericia y en, vaya uno a saber, la fe en cuál de tus paganos dioses. Pero Calipso, perseverante en su tenaz amor, al cabo de tres milenios olvidó la afrenta y te devolvió a la vida tal cual lo había prometido. Circunstancia que en estos días justamente se ha concretado y azarosamente verifico.

--Muchas asechanzas has padecido, amigo Ulises. Las recuerdo a todas. Como aquella en que tú y tus hombres, en plena alta mar, comenzaron a escuchar voces, coros, melodías de pífanos, que en un principio atribuyeron al viento, y luego fueron creciendo y atronando el entorno erizado de olas. Entonces de entre las blancas espumas emergieron bellísimos rostros de infinitas sirenas de luengas cabelleras de algas. Oferentes y desnudos llevaban sus turgentes senos y nos llamaban por el nombre mientras cantaban lascivas endechas. La fascinación que irradiaban era tan irresistible como atroz, pero la templanza de tu ejemplo nos preservó a todos de una muerte segura.

--Así seguiste navegando, bajo gélidas lunas y calcinantes soles, por ignoradas aguas. Hasta que en una diáfana mañana se recortó la costa en acantilados y farallones anteriormente vistos y prosiguiendo por esa derrota, tu atinado juicio te puso en el rumbo cierto; recalando al fin en la querida Itaca.

--Entretanto, Penélope acosada de usurpadores, hilaba y destejía la mortaja de su infortunio.

--Simulando ser un forastero, te sumaste a una lid de arquería que se daba en tu propio palacio. Todo estribaba en tesar un descomunal arco y lanzar su precisa saeta. El galardón era el derecho a desposar a tu atribulada cónyuge. El lanzamiento de tu flecha fue el más recio y certero, dando de esa manera testimonio de tu pericia y tu linaje. Desembozada tu identidad, vindicativa fue tu ira y feroz el escarmiento a tantos pérfidos que abusando de tu ausencia merodeaban por tu hacienda y procuraban los favores de tu esposa.

--¡Amigo Ulises! Este y otros tantos pasajes de tu intrépida vida vinieron a mi memoria tras haber chateado contigo. Pero por sobre todo, fue tu aviso la razón que me trajo presuroso a esta Academia para estudiar el arte de la navegación y de tal modo adquirir méritos para tripular tu flota; pues ahora ya se con absoluta certeza que has regresado al mundo de los vivos. Aunque ¡amado Ulises! han transcurrido milenios desde tus hazañas y en el interín algo ha cambiado. Si por fortuna tuviese la dicha de comparecer ante t durante noches de guardia, te contaría ciertas novedades que habrán de resultarte interesantes y de seguro has de apreciar. Te hablaría de la quilla y del timón; del bauprés y de la botavara. -permíteme por ahora sólo enumerarlas-. De la navegación a bolina, de la aguja imantada. También te leería estos apuntes que ahora estudio y que hablan de los cielos, de los vientos, de las aguas y tal como un oráculo, dan el vaticinio de las tempestades y de las bonanzas, y de tantas otras cosas que atesoro con el afán de informarte. Todas ellas a cual más ingeniosa y sorprendente. Digna maravillas de arrogárselas a tu padre Zeus. Dicho así, pareciera que el saber se ha precipitado a través de los siglos trastocándolo todo, pero no es así. En este punto, sí, estás acertado mi ¡amado Ulises! Los veleros aún perduran y navegan manteniendo el rudo encanto de tripularlos en contacto con los ríos y los mares. Son esbeltos y marineros. Mitad petreles y mitad marsopas. Con alas navegando en los vientos y aletas navegando en las olas.

-- De mí, sólo esto he de decirte; tengo canas, manos fuertes, buena vista, todos los dientes y estómago sufrido. En mi haber hay largas travesías de mar y por mi edad y en mi memoria, muchas experiencias vividas. Conozco rutas, pasos, estrechos, abrigos, y bajíos desde las costas del Terranova hasta los arrecifes de coral en el mar de Java. Sigo dotado de vigor, perspicacia y voluntad como para afrontar riesgosas incursiones. Me ejercito en la gimnasia del cuerpo y en la lucidez de la mente. De entereza y sobriedad esta hecha mi filosofía y desde su severidad busco el humano existir.

-- Tal como lo pides consigno mis señas. Has de saber que sigo aquí, en esta Academia de Puerto Madero, sobre la margen derecha del Río de La Plata. Donde al socaire de sus aulas, como he dicho, me instruyo y me ejercito en el arte de la náutica. Pero y por sobre todo, a través de un portalón que se abre en el muro y da de lleno al dilatado estuario, atisbo tu vela. En cuanto aparezca y me nombres, ya estaré listo con mi petate al hombro para saltar abordo. Entonces sólo restará zarpar y surcar el vasto océano, así tuviese éste la mismísima anchura de una vida. Y si la borrasca se instalase en la proa, por nada he de quejarme. Y si el rumbo se tornase una y mil veces errático e incierto, a nada he de temer; porque de seguro, ante los inmarcesibles dioses que todo lo vigilan, tal tiempo y rumbo habré de interpretarlo como el más atinado a mis desmesurados sueños. Y así he de proseguir, hasta al fin dar con la más remota y misteriosa de sus riberas.

--Sin otro particular, Bartolium, su timonel y seguro servidor saluda atentamente y queda en vigilante espera en el puerto mencionado de la ciudad de Santa María de los Buenos Ayres, lat. 34° 28´ long. 58° 40´ y en el mes de noviembre del año 2003, contado después de Cristo.”

Bartolium
XI / 2003

Fin

El velero
por O.L.

Remedando albatros y delfines.
Por las olas y vientos va el yate.
Nada y vuela desde uno a otros fines
entre alas de lienzo que bate.

Imitando al petrel y marsopa,
en su cala de plástico o leños;
con su aleta de quilla y de popa
va embarcada mi vida y sus sueños.