El alma del mundo

Es, en efecto, menos que nada, y yo he visto, al revolverse la gran alma del mundo con un hondo suspiro, desaparecer una vela trinquete completamente nueva y enormemente resistente como un retazo de alguna etérea tela mucho más ligera que el hilo de las arañas. Es entonces cuando a los palos altos les llega el momento de mantenerse firmes en medio del gran bramido. La maquinaria debe llevar su tarea a cabo incluso aunque el alma del mundo haya enloquecido.

El moderno buque de vapor avanza, por un mar tranquilo y ensombrecido, con un palpitante tremor de su armazón, con algún que otro retumbar metálico de sus profundidades, como si albergara un corazón de hierro dentro de su cuerpo de hierro; con un ritmo machacón y denso en su progreso y el regular latido de su hélice, cuyo sonido augusto y laborioso se oye por la noche en la distancia como la marcha de un futuro inevitable. Pero, en medio de un temporal, la silenciosa maquinaria de un velero no sólo captaba la fuerza, sino la voz salvaje y exultante del alma del mundo. Tanto si el barco escapaba con sus altos palos bamboleándose, como si se enfrentaba al vendaval con esos altos mástiles completamente vencidos, siempre estaba presente aquella frenética canción, profunda como un cántico, al modo de un bajo que acompañara a la estridente flauta del viento tocando sobre las crestas del mar, con el estrepitoso punteo, de cuando en cuando, de una ola rompiente. A veces los brujeriles efectos de aquella orquesta invisible le crispaban a uno los nervios hasta el extremo de desear estar sordo.

Y esta rememoración de un deseo personal que yo he experimentado en varios océanos, donde el alma del mundo dispone de sobrado espacio para revolverse con un poderoso suspiro, me lleva a hacer la observación de que más le vale a un marino que sus oídos estén en perfecto estado si quiere cuidar como es debido de los palos de un buque. Tal era el grado de intimidad en que un marino tenía que vivir antaño con su barco que sus sentidos venían a ser los del navío, y la tensión a que su cuerpo se viera sometido le servía para juzgar el esfuerzo que los mástiles del barco estaban realizando.

Ya llevaba yo algún tiempo en el mar cuando reparé en el hecho de que el oído desempeña un considerable papel a la hora de calibrar la fuerza del viento. Fue una noche. El buque era uno de aquellos clíperes laneros de hierro que el famoso astillero Clyde lanzó en enjambres a navegar por el mundo durante la séptima década del siglo pasado. Fue un buen período para la construcción naval, y también, me atrevería a decir, un período de mástiles sobrecargados. Los palos aparejados sobre los estrechos cascos eran en verdad muy altos por entonces, y el barco en el que estoy pensando, con su lumbrera de vidrio de colores portando a los lados la divisa "Que Glasgow prospere", era sin duda uno de los especímenes de más pesados palos. Había sido construido para recibir un trato duro, y desde luego lo tuvo, tanto como estaba capacitado para aguantar. Nuestro capitán era un hombre que se había hecho célebre por las rapidísimas travesías que había acostumbrado a efectuar en el viejo Tweed, buque famoso en el mundo entero por su velocidad. El Tweed era un velero de madera, y él había llevado consigo la tradición de las travesías rápidas hasta aquel clíper de hierro. Yo era allí el benjamín, oficial tercero, y mi cuarto de guardia lo hacía con el oficial primero; y fue justamente durante una guardia nocturna con viento fresco que iba aún a más cuando acerté a oír a dos hombres cruzar los siguientes e instructivos comentarios en un resguardado rincón de la cubierta. Dijo uno:

"Me parece que nos ha llegado el momento de ir izando alguna vela ligera".

Y el otro, de más edad , soltó con un gruñido:

"¡No hay cuidado! El más mínimo mientras permanezca en cubierta el segundo. Está tan sordo que no tiene la menor idea del viento que hace":

Y, en efecto, el pobre era extremadamente joven y además avispado marino, pero, sin embargo, muy duro de oído. Al mismo tiempo, llevaba fama de ser un fanático partidario de desplegar la mayor cantidad de lona posible a bordo de un barco. Poseía una maravillosa habilidad para disimular su sordera, y en cuanto a lo de llevar mucha lona, no creo, aunque era hombre intrépido, que jamás se propusiera correr riesgos innecesarios. Nunca podré olvidar aquella especie de candoroso asombro que mostraba cuando se veía amonestado por lo que a él le parecía una hazaña de lo más osado. La única persona, por supuesto, que podía reprenderle con resultados positivos era nuestro capitán, hombre él mismo tradicionalmente osado; y realmente a mí, que sabía muy bien con quienes estaba sirviendo, aquellas escenas me impresionaban. El capitán Stuart gozaba de excelente reputación en lo referente a sus cualidades marineras –el tipo de reputación que hacía obligada mi juvenil admiración -. Hasta hoy conservo su recuerdo, pues fue él, de hecho, quien en cierto sentido completó mi aprendizaje. Fue un proceso a menudo borrascoso, pero pasemos eso por alto. Estoy seguro de que sus intenciones eran buenas, y tengo la certeza de no haberle guardado nunca rencor, ni siquiera en aquella época, por sus extraordinarias dotes para la crítica incisiva. Y oírle a él armar un escándalo porque el barco llevara demasiada vela parecía una de esas experiencias increíbles que sólo tienen lugar en los propios sueños.

Por lo general, la cosa ocurría del siguiente modo: nubes nocturnas atravesando aceleradamente el firmamento, el viento aullando, los sobrejuanetes desplegados, y el barco avanzando a enorme velocidad entre tinieblas, con una inmensa y blanca cortina de espuma a la altura de la batayola de sotavento. El segundo, al mando en cubierta, se agarraba a cualquier cosa del aparejo de mesana de barlovento en un estado de serenidad absoluta; yo, oficial tercero, me agarraba también a algo de barlovento de la inclinada popa, en un estado de máxima alerta, listo para saltar al primerísimo atisbo de cualquier cosa que se pareciera a una orden, pero, por lo demás, con un espíritu de completa aquiescencia. De pronto, surgía del tambucho una figura alta y oscura, con la cabeza descubierta y una corta barba blanca perpendicularmente tallada, muy visible en la oscuridad: el capitán Stuart, a quien habían interrumpido abajo, en su lectura, los tremebundos botes y bandazos del barco. Apoyándose con mucho tiento en la empinada pendiente de la cubierta, daba una vuelta o dos sin decir una palabra, se demoraba un rato junto al compás de navegación, daba otro par de vueltas, y de repente estallaba:

"¿Qué se propone usted hacer con el barco?".

Y el segundo, a quien no resultaba fácil entender lo que se gritaba en un vendaval, decía interrogativamente:

"¿Sí, señor?".

Entonces, en medio del creciente temporal marino, se producía a bordo del barco una pequeña tormenta privada de la que se podían cazar palabras fuertes, proferidas en tono iracundo, y protestas justificativas emitidas con todas las inflexiones imaginables de la inocencia perdida.

"¡Por todos los cielos! Yo solía llevar mucha vela en mis tiempos, pero..."

Y el resto se me perdía en una tempestuosa ráfaga de viento.

Entonces, en un recalmón, las protestas de inocencia del segundo se hacían audibles:

"Pues el barco parece aguantarla muy bien".

Y a continuación otro estallido de la indignada voz:

"¡Cualquier idiota puede desplegar mucha vela en un barco...!".

Y así sucesivamente, mientras el barco seguía su marcha, avanzando a gran velocidad, con escora más pronunciada, un ruido más estruendoso, un silbido más amenazador de la blanca, casi cegadora cortina de espuma a sotavento. Porque lo mejor del caso era que el capitán Stuart parecía físicamente incapaz de dar a sus oficiales la orden concreta de rizar las velas; y así, aquella pelea extraordinariamente imprecisa proseguía hasta que al fin ambos caían en la cuenta, tras alguna orzada especialmente alarmante, de que era hora de hacer algo. No hay nada como la escalofriante inclinación de unos palos altos sobrevelados para hacer entrar en razón a un hombre sordo y a otro furioso.