Emblemas de esperanza

Un ancla es una pieza de hierro forjado, adaptada admirablemente a su fin....Un ancla de antaño (porque en la actualidad existen inventos que parecen champiñones y objetos como garras, sin forma ni expresión concretas, simples ganchos)...un ancla de antaño era, a su modo, un instrumento de lo más eficiente. De su acabamiento da prueba su tamaño, pues no hay otro dispositivo tan pequeño para el importante trabajo que debe realizar. ¡Fíjense en las anclas colgando de las serviolas de un gran barco! ¡Cuán minúsculas resultan en comparación con el enorme tamaño del casco! Si fueran de oro parecerían dijes, juguetes decorativos, no mayores en proporción que un precioso pendiente en la oreja de una mujer. Y, sin embargo, de ellas dependerá, en más de una ocasión, la propia vida del barco.

Un ancla se forja y se configura buscando fidelidad; dadle fondo que morder, y se aferrará a él hasta romper el cable...Bien, dicha pieza de hierro, honrada, tosca, de tan sencillo aspecto, tiene más partes que miembros el cuerpo humano: el arganeo, el cepo, la cruz, las uñas, los mapas, la caña...

Desde el principio hasta el final los pensamientos del marino están enormemente pendientes de sus anclas. Un velero del Canal las tiene siempre prestas, los cables engrilletados, y la tierra casi siempre a la vista. El ancla y la tierra se hallan indisolublemente unidas en los pensamientos de un marino. Pero en cuanto el buque se ha zafado de los mares estrechos y arrumba hacia un mundo en el que no hay nada sólido entre él y el Polo Sur, las anclas son recogidas y los cables desaparecen de la cubierta. Pero las anclas no desaparecen. Técnicamente hablando, se encuentran "amarradas dentro del buque"; y, sobre el castillo de proa, atadas a cáncamos con cabos y cadenas, bajo las tirantes escotas de las velas mayores, parecen indolentes y como dormidas. Así afirmados, pero estrechamente vigilados, inertes y poderosos, esos emblemas de esperanza hacen compañia al vigía durante las guardias nocturnas; y así se deslizan los días, en un prolongado descanso para esas piezas de hierro de forma tan característica que, visibles prácticamente desde todos los puntos de la cubierta del barco, reposan en la parte de proa a la espera de cumplir su cometido en algún lugar al otro extremo del mundo, mientras el navío las lleva en su avance con gran afluencia y salpicadura de espuma bajo su casco, y los rociones del mar abierto enmohecen sus pesados miembros.

El primer acercamiento a tierra, todavía invisible en ese instante a los ojos de la tripulación, es anunciado por la vivaz orden del segundo de a bordo al contramaestre: "Sacaremos las anclas esta tarde", o "mañana por la mañana antes de nada", según sea el caso. Pues el segundo de a bordo es el custodio de las anclas del barco y el guardián de sus cables. Hay barcos buenos y barcos malos, barcos cómodos y barcos en los que, desde el primer hasta el último día de la travesía, no hay descanso para el cuerpo ni para el alma de un segundo. Y los barcos son lo que de ellos hacen los hombres: he aquí un aserto de sabiduría marinera, y, sin duda alguna, en lo esencial es verdad.

Sin embargo, hay barcos en los que, como una vez me dijo un viejo segundo entrecano, "¡nada parece marchar nunca bien!". Y mirando al suyo desde la popa, donde nos encontrábamos los dos (yo me había llegado hasta el muelle a hacerle una visita de buena vecindad), añadió: "Este es uno de ellos". Levantó la mirada, y al ver la expresión de mi rostro, que era de obligada condolencia profesional, se apresuró a corregir mi natural suposición: "Oh, no; el viejo vale. Nunca chocamos con él. Tiene tantas dotes marineras como el que más. Y, no obstante, por alguna razón, nada parece marchar nunca bien en este barco. ¿Sabes lo que te digo? Que el barco es de suyo torpe".

El "viejo" era, por supuesto, su capitán, que justo en aquel momento apareció en cubierta con una chistera y un abrigo marrón y, tras hacernos un cortés saludo con la cabeza, bajó a tierra. No tenía, desde luego, más de treinta años, y el maduro segundo, comentándome en un murmullo "Ese es mi viejo", procedió a darme ejemplos de la natural torpeza del barco con una especie de tono deprecatorio, como queiendo decirme: "No vayas a ceer que le guardo rencor por eso".

Los ejemplos no importan. La cuestión es que hay barcos en los que las cosas realmente van mal; pero sea el barco como sea -bueno o malo, afortunado o desafortunado-, es en su parte delantera donde el segundo de a bordo se siente más en casa. Es categóricamente su extremo del barco, aunque por supuesto sea él el supervisor ejecutivo del navío entero. Allí se encuentran sus anclas, su aparejo de proa, su trinquete, su puesto de maniobras cuando el capitán está al mando. Y también allí viven los hombres, los tripulantes del buque, a los que tiene el deber de mantener ocupados, haga buen o mal tiempo, por el bien del barco. Es el segundo de a bordo, único miembro de rango de la brigada de popa, quien se llega presuroso a proa al grito de "¡Toda la gente a cubierta!". Es el sátrapa de esa provincia dentro del autocrático reino del barco, y el responsable más directo de cuanto allí suceda.

Allí también, al acercarse a tierra, es él quien, ayudado por el contramaestre y el carpintero, "saca las anclas" con los hombres de su mismo cuarto de guardia, a quienes conoce mejor que al resto. Allí se asegura de que la bitadura esá dispuesta, el molinete desembragado, las mordazas abiertas; y allí, tras dar la última orden de su competencia, "¡guarda del cable!", aguarda atento, en un barco en silencio que avanza lentamente hacia el fondeadero elegido, la aguda voz de mando proveniente de popa "¡Largar!". Asomándose inmediatamente por la borda, ve la pesada zambullida del hierro fiel, al caer, con sus propios ojos, que vigilan y comprueban si ha salido clara.

Que el ancla "salga clara" quiere decir que salga clara de su propia cadena. El ancla debe caer desde la amura del barco sin que haya vuelta en ninguno de los miembros de su cable, pues de la contrario se daría fondo con ancla encepada. Mientras la tirantez del cable no sea completa sobre el arganeo, no hay ancla de la que pueda uno fiarse por excelente que sea el tenedero. En una situación comprometida garreará seguramente, pues las herramientas, al igual que los hombres, deben ser tratadas con equidad para que muestren las "virtudes" que guardan en sí. El ancla es un emblema de esperanza, pero un ancla encepada es peor que la más falaz de las falsas esperanzas que jamás embaucaran a los hombres o a las naciones con una sensación de seguridad.