De frescachón a duro

Acabábamos de bajar a conferenciar un momento a un camarote con las escotillas aseguradas mediante listones, ante una gran carta blanca que yacía flácida y mojada sobre una mesa fría, húmeda y pegajosa a la luz de una lámpara humeante. Volcado sobre esa silenciosa y fidedigna consejera del marino, con un codo encima de la costa de África y el otro plantado en las cercanías del cabo Hatteras (era una carta general del Atlántico Norte), mi capitán levantó su rostro curtido e hirsuto y me miró con expresión turbada, medio de exasperación medio de súplica. No habíamos visto sol, luna ni estrellas durante aproximadamente siete días. Por efecto de la cólera del Viento del Oeste los cuerpos celestes llevaban ocultándose una semana o más, y los tres últimos días habían visto aumentar la potencia de un temporal de sudoeste de frescachón a duro, y de duro a muy duro, como las anotaciones de mi cuaderno de bitácora podían testimoniar.

A continuación nos separamos, él para volver de nuevo a cubierta, obedeciendo a esa misteriosa llamada que parece resonar eternamente en los oídos de los capitanes de barco, yo para ganar mi camarote tambaleándome, con algo así como la vaga idea de anotar las palabras "Tiempo muy malo" en un diario de navegación no tenido enteramente al día. Pero renuncié a ello, y, en lugar de eso, me arrastré hasta mi litera, tal como estaba, con las botas y el sombrero puestos (daba lo mismo; andaba todo empapado desde que un impetuoso golpe de mar había reventado las lumbreras de popa la noche anterior), para permanecer en un estado de pesadilla, entre dormido y despierto, durante un par de horas de supuesto descanso."

" -Seguramente el tiempo se aclarará con el salto de viento.-
-¡Eso lo sabe cualquiera!-, me bufó en el tono más elevado a que su voz llegaba.
-¡Quiero decir antes del anochecer!-, vociferé yo.
Esta fue la mayor indicación que logró sacarme jamás. El ardor con que se abalanzó sobre ella me dio la medida de la angustia a que se había visto sometido.
- Muy bien- gritó afectando impaciencia, como si cediera a prolongados ruegos. -De acuerdo. Si el salto no ha llegado para entonces, le cargaremos el trinquete y le haremos pasar la noche con la cabeza debajo del ala.-
Me impresionó el carácter gráfico de aquella expresión aplicada a un barco dispuesto a capear un temporal con una ola detrás de otra pasándole por debajo del pecho. Me lo figuraba reposando en medio del tumulto
de los elementos como un ave marina durmiendo sobre las encrespadas aguas, ajena al tiempo borrascoso, con la cabeza metida bajo el ala. En lo que se refiere a precisión imaginativa, a sensación de autenticidad, es ésta una de las frases más expresivas que jamás he oído en boca de un hombre. Pero en lo que respecta a la idea de cargarle el trinquete a aquel barco antes de meterle la cabeza debajo del ala , albergaba mis serias dudas. Resultaron justificadas. Aquel resistente y duradero pedazo de lona fue confiscado por el arbitrario decreto del Viento del Oeste, a quien pertenecen, dentro de los confines de su reino, las vidas de los hombres y los artificios salidos de sus manos. Con el ruido de una débil explosión, desapareció íntegramente en el tiempo cerrado, dejando tras de sí, de su sólida consistencia, algo menos que una solitaria tira lo bastante grande para hacer con ella un puñado de hilas apropiadas para, digamos, un elefante herido. Arrancado de sus relingas, se esfumó como una bocanada de humo en la ahumada marejada de nubes despedazadas y rasgadas por el salto de viento. Porque el salto de viento había llegado ya. El sol bajo, con su velo arrebatado, contemplaba iracundo, desde un cielo caótico, una mar confusa y tremenda que se estrellaba contra una costa. Reconocimos la lengua de tierra, y nos miramos el uno al otro en el silencio propio del mudo asombro. Sin tener la menor idea de ello, habíamos estado costeando la Isla de Wight, y aquella torre, teñida de un leve rojo vespertino en medio de la neblina ventosa y salina, era el faro de Punta Santa Catalina.
Mi capitán fue el primero en recobrarse de su estupefacción. Sus desorbitados ojos volvieron a hundirse gradualmente en sus cuencas. Su psicología, tomada en conjunto, resultaba realmente muy ventajosa para un marinero medio. Se había ahorrado la humillación de poner su barco a la capa con viento favorable; e inmediatamente aquel hombre, de naturaleza abierta y veraz, dijo con absoluta buena fe, frotándose las manos morenas y velludas -las manos de un consumado artesano del mar -:
-¡Ajá! Es más o menos a donde calculaba que habíamos llegado.-