¡No me pierda ningún palo!

Así, las velas se rizaban más o menos a tiempo incluso en aquel barco, y sus altos palos no se fueron por la borda mientras yo serví en él. Sin embargo, durante la temporada que permanecí con ellos, el capitán Stuart y el segundo no se llevaban muy bien. Si el segundo desplegaba vela "como el mismo diablo" por estar demasiado sordo para saber el viento que hacía, el capitán Stuart (quien, como ya he dicho, parecía materialmente incapaz de ordenar a uno de sus oficiales que quitara paño) encajaba muy mal el compromiso en que le ponían las arriesgadas acciones del segundo. El capitán Stuart estaba más bien acostumbrado a regañar a sus oficiales por no llevar suficiente lona –según su propia expresión, "por no aprovechar hasta la última gota de viento facorable"-. Pero además había una razón psicológica por la que el trato con él se hacía extremadamente difícil a bordo de aquel clíper de hierro. Acababa de dejar el maravilloso Tweed, barco, según he oído contar, de pesado aspecto, pero portentosa velocidad. Allá por 1865 le había sacado un día y medio de ventaja al buque correo –de vapor- entre Hong Kong y Singapur. Tal vez sus mástiles estaban dispuestos de una manera particularmente afortunada... ¿quién sabe? Era frecuente que subieran a bordo oficiales de navíos de guerra para tomar las exactas dimensiones de su velamen. Quizá se había dado un rasgo de genio o había intervenido el dedo de la fortuna en el trazado de sus líneas de proa y popa. Es imposible saberlo. Había sido construido en algún lugar de las Indias orientales, todo en madera de teca a excepción de la cubierta. Tenía un gran arrufo, amuras altas y una popa pesada. Los hombres que lo habían visto me lo describieron como "no gran cosa de aspecto". Pero durante los espantosos periodos de hambre que hubo en la India en los años setenta, aquel barco, ya viejo por entonces, realizó algunas carreras asombrosas por el Golfo de Bengala, con cargamentos de arroz, desde Rangún a Madrás.

Se llevó consigo el secreto de su velocidad, y , poco agraciado como era, sin duda su imagen ocupa un lugar glorioso en el espejo del viejo mar.

La cuestión es, sin embargo, que el capitán Stuart, quien solía decir con frecuencia "Ese barco no volvió a hacer una travesía decente desde que yo lo dejé", parecía pensar que el secreto de su velocidad residía en su famoso capitán. Desde luego que el secreto de la excelencia de más de un barco reside, en efecto, en el hombre que está a su mando, pero los intentos del capitán Stuart por que su nuevo clíper de hierro igualara las proezas que habían hecho del viejo Tweed un nombre de alabanza en labios de los marinos de habla inglesa estaban condenados al fracaso. Había en ellos algo de patético, como en el esfuerzo de un artista por igualar en su vejez las obras maestras de su juventud; porque las famosa travesías del Tweed eran las obras maestras del capitán Stuart. Resultaban patéticos, y quizá una pizca peligrosos. Pero, en todo caso, me alegro de haber visto, entre la añoranza de viejos laureles del capitán Stuart y la sordera del segundo, algunos despliegues de lona para efectuar unas travesías verdaderamente memorables. Y yo mismo he desplegado lona sobre los altos palos de aquella obra maestra del astillero Clyde como no lo he hecho nunca en ningún otro barco, ni antes ni después.

Al ponerse enfermo durante la travesía el segundo de a bordo, fui ascendido a oficial de guardia, yo solo al cargo de la cubierta. Así es como la inmensa tensión de los mástiles altos del buque llegó a ser un asunto muy próximo a mi corazón. Supongo que para un joven resultaba bastante halagador que un capitán como Stuart confiara en él, aparentemente sin supervisión ninguna; aunque, hasta donde alcanzo a recordar, ni el tono, ni el modo, ni aún el tenor de los comentarios que me dirigía dejaron traslucir jamás, ni merced a la interpretación más forzada, una opinión favorable de mis aptitudes. Y debo decir que era un capitán al que resultaba sumamente difícil y desazonante sacarle órdenes de noche. Si yo tenía la primer guardia, desde las ocho hasta la medianoche, él abandonaba la cubierta sobre las nueve diciendo: "No rice usted vela". Y luego, a punto ya de desaparecer por la escala de la escotilla, añadía lacónicamente: "Y no me pierda ningún palo". Me alegra poder decir que nunca perdí ninguno; una noche, sin embargo, un repentino borneo me sorprendió no del todo prevenido.

Se armó, por supuesto, muchísimo ruido: carreras por todas partes, las voces de los marineros, el gualdrapeo de las velas...suficiente, de hecho, para despertar a los muertos. Pero Stuart no apareció por cubierta. Cuando una hora después me relevó el segundo de a bordo, mandó aviso de que bajara a verle. Entré en su camarote; estaba echado en la cama, envuelto en una frazada, con una almohada debajo de la cabeza.

"Qué le ha pasado a usted ahí arriba hace un momento?", preguntó.

"El viento borneó y se fue a la aleta de sotavento, señor", dije yo.

"¿Y no lo vio usted venir?"

"Sí, señor, me pareció que no estaba muy lejos"

"¿Y entonces por qué no mandó rizar inmediatamente las velas bajas?", preguntó en un tono que debería haberme helado la sangre.

Pero aquella era mi oportunidad y no la dejé escapar.

"Verá, señor", dije en tono de disculpa, "el barco marchaba estupendamente a once nudos, y pensé que podía seguir así durante media hora más".

Durante un rato se quedó mirándome fijamente con expresión sombría, sólo visible la cabeza, reclinada y completamente inmóvil sobre la blanca almohada.

"Ah, ya, media hora más. Así es como los barcos se desarbolan".

Y esa fue la amonestación que me llevé. Esperé un poquito y a continuación salí, cerrando cuidadosamente tras de mi la puerta del camarote.

Bien, yo he amado el mar, he vivido en él y lo he dejado sin haber visto nunca irse por la borda a la elevada estructura de astillas, telarañas e hilo de un buque. Pura suerte, sin duda.

Pero, en lo que se refiere al pobre segundo, estoy seguro de que no habría salido tan impunemente de no haber sido por el dios de los temporales, que muy pronto lo llamó a su lado llevándoselo de esta tierra, que es océano en sus tres cuartas partes y por ende apropiada morada para marineros. Unos cuantos años después conocí en un puerto de la India a un hombre que había servido en los barcos de la misma compañía. Salieron nombres en nuestra charla, nombres de colegas nuestros en el mismo empleo, y, como es natural, le pregunte por aquel segundo. ¿Se había hecho ya con un mando? Y el otro contestó despreocupadamente:

"No; pero, de cualquier manera va bien servido. Una mar gruesa lo arrebató de la popa durante una travesía entre Nueva Zelanda y el cabo de Hornos".

Así desapareció aquel hombre de entre los altos palos de velero que él había forzado al máximo en más de una racha de tiempo borrascoso. Me había enseñado lo que significaba desplegar paño, pero no era persona de la que pudiera aprenderse discreción.

No podía remediar su sordera. No cabe sino acordarse de su temperamento jovial, de su admiración por los chistes, de sus pequeñas rarezas –como, por ejemplo, su extraña pasión por pedir prestados espejos ajenos -. Nuestros camarotes llevaban cada uno su propio espejo atornillado al mamparo, y para qué quería otros es algo que jamás logramos averiguar. El préstamo lo pedía en tono confidencial. ¿Por qué? Misterio. Hicimos diversas cábalas. Nadie podrá ya saberlo. En cualquier caso, era una excentricidad inofensiva, y quiera el dios de los temporales, que tan abruptamente se lo llevó entre Nueva Zelanda y el Cabo de Hornos, que su alma descanse en algún paraíso de marineros auténticos, donde los barcos no se desarbolen por mucha lona que se despliegue en ellos.