Sensación de seguridad

Y cualquier sensación de seguridad, incluso la más justificada, es mala consejera. Es la sensación que, como ese exagerado sentimiento de bienestar que presagia el comienzo de la locura, antecede a la veloz precipitación del desastre. Un marino que trabaja con una indebida sensación de seguridad se convierte al instante en alguien que a duras penas rinde la mitad de lo que vale. Por eso, de entre todos mis oficiales primeros, en el que más confianza tuve nunca fue en un hombre llamado Burns. Tenía un bigote rojo, la cara enjuta, roja también, y una mirada inquieta. Rendía cuanto valía.

Al examinar ahora, después de muchos años, el residuo del sentimiento resultante del contacto de nuestras personalidades, descubro sin demasiada sorpresa, un cierto regusto de antipatía. En conjunto, creo que era uno de los compañeros de a bordo más incómodos que puedan tocarle en suerte a un joven capitán. Si es lícito criticar a los ausentes, diría que se excedía un poco en esa sensación de inseguridad tan inapreciable en un hombre de mar. Tenía un aire, sumamente turbador, de estar sempiternamente listo (hasta cuando se encontraba en la mesa, sentado a mi derecha, ante un plato de carne de vaca salada) para hacer frente a alguna calamidad inminente. Debo apresurarme a añadir que también poseía el otro requisito necesario para ser un marino digno de confianza: una absoluta seguridad en sí mismo. Lo que en realidad tenía de malo era que reunía estas cualidades en un grado desmedido. Su actitud eternamente alerta, su manera de hablar esporádica y nerviosa, incluso sus –por así llamarlos- resueltos silencios, parecían dar a entender –y eso creo que de hecho lo hacían- que en su opinión el barco no estaba nunca seguro en mis manos. Tal era el hombre que también estaba a cargo de las anclas a bordo de un tres palos de menos de quinientas toneladas, mi primer mando, ya desaparecido de la faz de la tierra, pero de indudable existencia en el cariñoso recuerdo mientras yo viva. Jamás un ancla podría haber descendido enredada bajo la penetrante mirada del señor Burns. Tener esa certeza era algo de agradecer cuando, en una rada abierta, uno oía desde el camarote empezar a silbar al viento; pero, con todo, había momentos en los que detestaba enormemente al señor Burns. Por el modo en que solía mirar a veces, bastante airado, me imagino que en más de una ocasión me devolvió ese sentimiento con intereses. Lo que ocurría era que ambos queríamos mucho al pequeño velero. Y justamente el defecto de las inestimables cualidades del señor Burns consistía en que jamás logró convencerse de que el barco estaba seguro en mis manos. Para empezar, era más de cinco años mayor que yo a una edad de la vida en la que cinco años en verdad cuentan, pues yo tenía a la sazón veintinueve y él treinta y cuatro; luego, en nuestra primera salida de puerto (no veo razón alguna para hacer un secreto del hecho de que era Bangkok), una maniobra mía por entre las islas del Golfo de Siam le había proporcionado un susto de los que no se olvidan. A partir de entonces no había dejado de abrigar en secreto una acerba idea de mi radical temeridad. Pero en conjunto, y a menos que el apretón de manos de un hombre al despedirse no signifique nada en absoluto, concluyo que al término de dos años y tres meses acabamos por caernos el uno al otro bastante bien.

El vínculo que nos unía era el barco, y en eso se diferencia, a pesar de tener atributos femeninos y ser amado de un modo muy irracional, un barco de una mujer. No hay por qué asombrarse lo más mínimo de que yo estuviera tremendamente encaprichado con mi primer mando, pero supongo que no me queda sino admitir que el sentimiento del señor Burns era de un orden más elevado. Los dos, por supuesto, nos desvivíamos por que el objeto amado ofreciera buen aspecto, y aunque era yo el que recogía los cumplidos en tierra, Burns sentía un orgullo de carácter más íntimo, semejante al de una devota criada. Y aquella especie de fiel y orgullosa devoción llegaba hasta el extremo de hacerle ir de un lado a otro quitándole el polvo a la regala de madera de teca barnizada de la pequeña embarcación con un pañuelo de seda que llevaba en el bolsillo...regalo, creo, de la señora Burns.

Tales efectos tenía su amor por el tres palos. Los efectos de su admirable falta de la ya mencionada sensación de seguridad fueron una vez tan lejos como para inducirle a hacerme el siguiente comentario: "¡Desde luego, señor, es usted un hombre de suerte!".

Lo dijo en un tono de lo más significativo, pero no exactamente ofensivo, y fue, supongo, mi tacto innato lo que me impidió preguntarle: "¿Puede saberse qué quiere usted decir con eso?"

Lo que quiso decir se vio ilustrado más cabalmente algún tiempo después, una noche oscura en medio de un auténtico apuro provocado por un temporal de proa que soplaba hacia la costa. Yo le había llamado a cubierta para que me ayudara a examinar nuestra situación, en verdad sumamente desagradable. No había mucho tiempo para pensar nada a fondo, y su conclusión fue: "Probemos lo que probemos, la cosa tiene muy mal aire, señor, pero luego usted, no se sabe bien cómo, siempre se las arregla para salir del lío"