Telarañas e hilo

Desde la galleta del palo mayor de un buque de regular tamaño, el horizonte describe un círculo de muchas millas dentro del cual uno puede distinguir cabalmente otro barco hasta su línea de flotación; y los mismos ojos que ahora siguen estos trazos han llegado a contar, en su día, más de cien veleros encalmados, como encerrados en un anillo mágico, no muy lejos de las Azores.

–barcos todos más o menos grandes-. Apenas si había dos arrumbados exactamente en la misma dirección, como si cada uno hubiera planeado escapar del círculo encantado por un punto diferente del compás. Pero el hechizo de la calma es una magia poderosa. Al día siguiente todavía se los divisaba dispersos, los unos a la vista de los otros y aproados hacia distintos rumbos; pero cuando por fin llegó la brisa con la oscura onda que, muy azul, recorrió un pálido mar, se encaminaron todos juntos en una misma dirección. Pues era aquella una flota que, procedente de los más remotos confines de la tierra, volvía ya a casa, y una goleta frutera de Falmouth, el más pequeño de aquellos barcos, abría la marcha. Podría uno habérsela imaginado muy hermosa, si no divinamente alta, dejando un aroma de limones y naranjas en su estela.

Al día siguiente se veían ya muy pocos barcos desde nuestros topes: siete quizá, a lo sumo, con unas cuantas manchas más en la distancia, invisible el casco, fuera del anillo mágico del horizonte. El sortilegio del viento favorable posee una sutil capacidad para dispersar una congregación de barcos de blancas alas orientados todos en el mismo sentido, cada uno con su blanca cinta de revoloteante espuma bajo la proa. Es la calma la que reúne misteriosamente a los barcos; y es el viento el gran separador.

Cuanto más grande es un barco, desde mayor distancia se lo puede ver; y es su blanca altura henchida por el viento lo que, antes que ninguna otra cosa, proclama su tamaño. Los elevados mástiles, sujetando en lo alto el albo velamen extendido como una red para atrapar la invisible fuerza del aire, van emergiendo paulatinamente del agua, vela tras vela, verga tras verga, creciendo más y más hasta que, bajo la sobresaliente estructura de su maquinaria de madera y lona, uno percibe la insignificante, minúscula mota de su casco.

Los mástiles altos son los pilares que aguantan los equilibrados planos que, inmóviles y silenciosos, toman del aire la fuerza motriz del barco como si fuera un don del Cielo otorgado a la audacia humana; y son los masteleros del buque, privados y despojados de su blanca gloria, los que se inclinan ante la cólera de un firmamento encapotado.

Al ceder en desnuda y desmadejada sumisión ante una violenta racha es cuando mejor se da uno cuenta de su altura, incluso siendo marino. El hombre que ha visto a su barco dando tremendos y amenazadores bandazos llega a tener conciencia de la disparatada altura de los palos de un buque. Parece imposible que esos mástiles dorados que si uno quería verlos tenía que doblar completamente el cuello hacia atrás, ahora , al quedar en un plano visual más bajo, no golpeen obligadamente el borde mismo del horizonte. Una experiencia de ese tipo le da a uno una impresión mucho más cabal de la elevación de los palos que la que podría darle trepar hasta extenuarse por la arboladura. Y eso que en mis tiempos los sobrejuanetes de un barco normal, de buen rendimiento, se encontraban ya a bastante distancia de las cubiertas.

Desde luego que un hombre activo puede llegar a subir infinidad de veces, sin cansarse, por las escalas de hierro de una sala de máquinas, pero yo recuerdo momentos en los que incluso para mis flexibles miembros y mi ufana agilidad la maquinaria del velero parecía alcanzar hasta las estrellas mismas.

Pues de maquinaria se trata: una maquinaria que realiza su trabajo en completo silencio y con una gracia sin movimiento, que parece esconder un poder caprichoso y no siempre gobernable sin tomar ni quitarle nada a los recursos materiales de la tierra. No es lo suyo la infalible precisión del acero impulsado por el blanco vapor y al que el rojo fuego da vida y alimenta el negro carbón. Aquella parece extraer su fuerza del alma misma del mundo, su formidable aliada, sujeta a obediencia por los más frágiles vínculos, como un feroz fantasma atrapado en una red de algo aún más rico que la seda hilada. Porque, ¿qué es el despliegue de los más fuertes cabos, los más altos palos y el velamen más resistente contra el poderoso aliento del infinito, sino espigas de cardos, telaraña e hilo?