Vuelo Nocturno - Antoine de Saint-Exupery

La mujer del piloto, despertada por el teléfono, miró a su marido y pensó:

-Lo dejaré dormir un poco más.

Admiraba aquel pecho desnudo de fuerte quilla; pensaba en un hermoso navío.

El piloto reposaba en el lecho tranquilo, como en un puerto, y, para que nada agitase su sueño, ella borró con el dedo ese pliegue, esa sombra, esa ola; apaciguaba al lecho, como un dedo divino, al mar.

Levantóse, abrió la ventana, y el viento le dió en el rostro. La habitación dominaba a Buenos Aires. Una casa vecina, donde se bailaba, esparcía algunas melodías que el viento traía, pues era la hora de los placeres y del reposo. La ciudad encerraba a los hombres en sus cien mil fortalezas; todo estaba quieto y seguro; pero a esta mujer le parecía que alguien iba a gritar: "¡A las armas!" y que sólo un hombre, el suyo, se erguiría. Descansaba aún, pero su descanso era el reposo temible de reservas que van a consumirse. La ciudad dormida no le protegía: sus luces le parecerán vanas, cuando se levante, cual joven dios, de su polvo. Contemplaba esos brazos sólidos que, dentro de una hora, llevarán la suerte del correo de Europa, responsables de algo grande, como el destino de una ciudad. Turbóse por ello. Aquel hombre, en medio de aquellos millones de hombres, era el único preparado para el extraño sacrificio. Se apenó. El escapaba allí a su dulzura. Ella lo había alimentado, velado, acariciado, no para sí misma, sino para la noche que iba a arrebatárselo. Para luchas, para angustias, para victorias, de las que ella nada sabría. Aquellas manos tiernas eran todo suavidad, pero sus verdaderas tareas eran oscuras. Ella conocía las sonrisas de este hombre, sus caricias de amante, pero no, en la tormenta, sus divinas cóleras. Ella le cargaba de tiernos lazos: de música, de amor, de flores; pero cuando sonaba la hora de la partida, estos lazos caían sin que él pareciese sufrir por ello.

Abrió los ojos.

-¿Qué hora es?

-Medianoche

-¿Qué tiempo hace?

-No sé...

Se levantó. Andaba lentamente hacia la ventana desperezándose.

-No tendré mucho frío. ¿Cual es la dirección del viento?

-¿Cómo quieres que lo sepa?...

Él se inclinó:

-Sur. Muy bien. Esto dura, por lo menos, hasta el Brasil.

Fijóse en la luna, y se supo rico. Luego sus ojos bajaron hacia la ciudad.

No la juzgó dulce, ni brillante ni cálida. Veía ya derramarse la arena vana de sus luces.

-¿En qué piensas?

-Pensaba en la bruma posible hacia Puerto Alegre.

-Tengo mi estrategia. Sé por dónde hay que dar la vuelta.

Seguía inclinado. Respiraba profundamente, como antes de lanzarse, desnudo, al mar.

-Ni siquiera estás triste...¿Cuántos días estarás fuera?

Ocho o diez. No sabía. Triste, no; ¿por qué? Aquellas llanuras, aquellas ciudades, aquellas montañas...Le parecía que marchaba, libre, a su conquista. Pensaba también que antes de una hora poseería y desecharía a Buenos Aires.

Sonrió:

-Esa ciudad ...muy pronto estaré lejos. Es hermoso marcharse de noche. Se tira de la manilla de los gases, cara al sur y, diez segundos más tarde, se invierte el paisaje, cara al norte. La ciudad no es ya más que un fondo de mar.

Ella pensaba en todo lo que es preciso desechar para conquistar.

-¿No amas a tu hogar?

-Sí, que lo amo...

Pero su mujer lo sabía en marcha. Esas espaldas pesaban ya contra el cielo.

Ella se lo mostró:

-Tendrás buen tiempo, tu ruta está tapizada de estrellas.

Él se rió:

-Si.

Ella puso su mano sobre el hombro y emocionándose al sentirlo tibio: esta carne ¿estaba, pues, amenazada?...

-¡Eres muy fuerte, pero sé prudente!

-Prudente, sí, claro...

Rió de nuevo.

Se vestía. Para esta fiesta escogía las telas más rudas, los cueros más pesados; se vestía como un campesino. Cuanto más tosco se hacía, más lo admiraba ella. Le ceñía el cinturón, tiraba de sus botas.

-Esas botas me molestan.

-Aquí están las otras.

-Búscame un cordón para mi linterna.

Ella lo contemplaba. Reparaba el último defecto de la armadura: todo ajustaba bien.

-Eres muy hermoso.

Vió que se peinaba cuidadosamente.

-¿Es para las estrellas?

-Es para no sentirme viejo.

-Estaré celosa...

Rió aún, la besó, y la apretó contra sus pesados vestidos. Luego la levantó, como se levanta a una niñita, y, riendo siempre la acostó:

-¡Duerme!

Y, cerrando la puerta tras sí, dió en la calle, en medio del nocturno pueblo desconocido, el primer paso de su conquista.

Ella quedóse allá. Miraba, triste, las flores, los libros, la suavidad que para él no eran más que un fondo de mar.

Fin